Entre discursos épicos, promesas recicladas y consignas de otra galaxia, los máximos dirigentes de la “Robo-ilusión” revolucionaria vuelven a anunciar que el pueblo, armado con la “última tecnología”, está listo para enfrentar cualquier invasión imperial… aunque no haya pan, ni luz, ni transporte, ni medicinas. Pero eso sí: resistencia sobra, porque para resistir apagones de 12 horas, colas eternas y salarios de ciencia ficción, hay que tener entrenamiento nivel Jedi.
Según el guión oficial, si algún enemigo osa poner un pie en las costas cubanas, se topará con un pueblo heroico, feliz y bien equipado. Lo curioso es que ese mismo pueblo no logra encontrar ni pollo, ni aspirinas, ni piezas para un ventilador. Pero en el discurso todo funciona: hay misiles invisibles, tanques imaginarios y drones que solo aparecen en PowerPoint.
Mientras tanto, los dirigentes hablan de “conquistas” y “logros” que nadie ve, excepto en la televisión nacional. Logros como sobrevivir con el salario, cocinar con leña en pleno siglo XXI o convertir una bicicleta china del 2002 en medio de transporte estratégico. Todo eso, claro, en nombre del camino correcto" hacia un socialismo que siempre está llegando… pero nunca termina de aterrizar.
El pueblo, según el libreto, aguanta hambre “con conciencia”, apagones “con patriotismo” y hospitales sin recursos “con dignidad”. Pero los que dan los discursos no hacen las colas, no viajan en guaguas repletas ni buscan comida en mercados vacíos o demasiado costosos para el bolsillo del trabajador. Ellos resisten… desde oficinas con aire acondicionado y mesas bien servidas.
Y así seguimos, entre arengas de guerra y películas de ciencia ficción política, donde R2-D2 administra la economía, Chewbacca explica la inflación y los ciudadanos comunes hacen de extras mal pagados en una superproducción que ya dura cerca de 70 años. Una película donde siempre hay enemigo externo, pero nunca responsables internos.
Porque si algo ha quedado claro, es que para los dirigentes la culpa siempre viene de afuera: el bloqueo, el imperio, la luna en retroceso o Mercurio en fase revolucionaria. Jamás de la mala gestión, el control absoluto, la corrupción o la falta total de autocrítica.
Al final, el mensaje es sencillo: el pueblo puede con todo… menos con decidir su propio destino. Puede resistir, callar, aguantar y sacrificarse, pero no opinar, no elegir y no exigir. Y mientras tanto, los discursos siguen prometiendo batallas gloriosas, aunque la verdadera lucha diaria sea conseguir comida, agua, transporte y un poco de esperanza.
Porque en esta saga, los héroes no están en el podio dando discursos… están en la cola del pan, en el hospital sin recursos y en las casas a oscuras, esperando que algún día se acabe esta película y empiece, por fin, la vida real.
Fuente: La Tijera
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