Este 26 de enero se cumplen 100 años de la primera demostración pública de televisión, un invento que transformó para siempre la manera en que el mundo se informa, se entretiene y se conecta. Sin embargo, mientras muchos países celebran un siglo de evolución tecnológica, Cuba ofrece hoy un contraste doloroso: de ser uno de los países pioneros en televisión en el hemisferio occidental, ha pasado a tener un sistema atrasado, politizado y tecnológicamente obsoleto.
La televisión nació oficialmente en 1926, cuando el ingeniero escocés John Logie Baird realizó en Londres la primera transmisión pública de imágenes en movimiento. A partir de ese momento, el desarrollo fue vertiginoso en Europa y Estados Unidos. En América Latina, Cuba destacó como uno de los países más adelantados: en 1950, apenas cuatro años después de México, la isla inauguró oficialmente la televisión, convirtiéndose en uno de los primeros países del mundo en contar con este medio.
Durante la década de 1950, Cuba vivió una auténtica edad dorada de la televisión. La Habana se convirtió en un centro de innovación técnica y producción de contenidos, con transmisiones en vivo, espectáculos, dramatizados, noticieros y una industria publicitaria dinámica. Incluso fue uno de los primeros países de la región en introducir la televisión a color, reflejo de un ecosistema mediático moderno y competitivo.
Ese impulso pionero se detuvo abruptamente tras la llegada del régimen comunista en 1959. La televisión fue estatizada y convertida en un instrumento central de propaganda política. Desde entonces, los canales dejaron de responder a criterios de audiencia, calidad o pluralismo, y pasaron a funcionar bajo un férreo control ideológico del Estado.
Hoy, en pleno 2026, la televisión cubana es vista por muchos ciudadanos como un sistema en decadencia. La programación está dominada por contenidos políticos, informativos alineados con el discurso oficial y espacios ideológicos que ocupan buena parte de la parrilla. La diversidad de opiniones, el periodismo independiente y la crítica al poder están prácticamente ausentes.
A esto se suma el grave deterioro tecnológico. Muchos estudios, transmisores y equipos operan con tecnología anticuada, con frecuentes fallos técnicos, mala calidad de imagen y sonido, y escasa inversión en modernización. En comparación con otros países de la región, donde la televisión ha migrado a formatos digitales, alta definición y plataformas híbridas, Cuba sigue anclada en estándares del pasado.
Paradójicamente, en un país que fue pionero mundial en este medio, hoy la televisión estatal pierde audiencia frente a alternativas informales, antenas satelitales ilegales, memorias USB, el llamado “Paquete Semanal” y, cada vez más, el consumo de contenidos a través de internet y redes sociales, pese a las limitaciones de conectividad.
El centenario de la televisión pone en evidencia esta contradicción histórica: Cuba pasó de ser referente regional a convertirse en un ejemplo de estancamiento mediático. Lo que nació como un símbolo de modernidad y creatividad terminó reducido a una herramienta de control político y a un sistema incapaz de competir en calidad, credibilidad y tecnología.
A 100 años del invento que revolucionó el mundo, la televisión cubana no celebra avances, sino que refleja el costo del control estatal y del abandono tecnológico sobre un medio que alguna vez colocó a la isla a la vanguardia.
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