El escritor peruano Jaime Bayly vuelve a remover uno de los episodios más polémicos de la historia reciente de América Latina en su novela Los golpistas, publicada por Galaxia Gutenberg. En ella, reconstruye el golpe de Estado que en abril de 2002 apartó brevemente del poder a Hugo Chávez y lanza una frase que resume su tesis central: “Chávez era el títere y Fidel, el titiritero”.
La novela revive las horas en que Chávez fue detenido por militares que lo acusaban de intentar consolidar una deriva autoritaria y de ser responsable político de muertes durante las protestas de esos días. Bajo presión para firmar su renuncia, el mandatario se negó. Tres días después, regresó al poder, en un desenlace que sorprendió a buena parte de la comunidad internacional.
Bayly retrata a los militares sublevados como improvisados y divididos. Según su versión literaria, no tenían una hoja de ruta clara: dudaban entre procesarlo judicialmente, enviarlo al exilio o adoptar una decisión más radical. Tampoco lograron articular una dirección sólida que asumiera el control del país. Esa falta de coordinación habría sido decisiva para el fracaso del movimiento.
Sin embargo, el punto más controvertido del libro es el papel que atribuye a Fidel Castro. De acuerdo con la reconstrucción de Bayly, desde La Habana se realizaron llamadas directas a los responsables del levantamiento. El autor sostiene que Castro no solo presionó políticamente, sino que lanzó amenazas explícitas contra los golpistas, advirtiendo que podrían pagar con sus vidas y las de sus familias si atentaban contra Chávez.
En esa escena, narrada con dramatismo, el líder cubano aparece como un estratega que comprendía el valor geopolítico de su aliado. Para Bayly, la advertencia formó parte de una jugada calculada para garantizar la supervivencia del mandatario venezolano.
El trasfondo energético ocupa un lugar clave en la historia. La alianza entre Caracas y Cuba permitió a la isla acceder a petróleo en condiciones preferenciales, mientras Venezuela recibía asesoría y cooperación en distintas áreas. Según la interpretación del escritor, esa interdependencia convirtió la caída de Chávez en un escenario inaceptable para La Habana.
(Con información de La razón)
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