El Gobierno de Cuba ha dejado claro que no contempla un “plan B” frente al endurecimiento de la política de Estados Unidos y a las advertencias lanzadas desde Washington, incluidas referencias al posible uso de la fuerza. Lejos de mostrar señales de flexibilización, las autoridades cubanas han optado por un discurso de cierre de filas, resistencia y rechazo a cualquier negociación basada en presiones o amenazas.
Desde la reciente captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, el tono oficial en La Habana se ha endurecido notablemente. Las principales figuras del Gobierno han condenado la intervención en Caracas, han calificado el bloqueo naval como un acto de “piratería” y han denunciado lo que consideran una escalada de hostilidad por parte de la administración de Donald Trump.
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, resumió la posición oficial durante un acto celebrado en la Tribuna Antiimperialista de La Habana, donde afirmó que no existe espacio para concesiones políticas bajo presión. “No hay rendición ni claudicación posible”, declaró, al tiempo que insistió en que cualquier diálogo solo sería aceptable “en igualdad de condiciones y sobre la base del respeto mutuo”.
Aunque Díaz-Canel reiteró que Cuba está dispuesta a dialogar, altos funcionarios han negado que existan contactos bilaterales en este momento, en contradicción con declaraciones previas desde Washington. En la misma línea, el Ministerio de Relaciones Exteriores difundió un comunicado en el que subrayó que la determinación del país para resistir es “firme e inclaudicable”.
Dentro del Ejecutivo cubano predomina la idea de que ceder ante Estados Unidos no solo sería inútil, sino contraproducente. Fuentes oficiales consideran que la estrategia del apaciguamiento es una “ilusión” y que no ha dado resultados ni para Cuba ni para otros países aliados. En consecuencia, La Habana ha optado, al menos públicamente, por cerrar cualquier vía de entendimiento que implique presiones directas.
Este posicionamiento se produce en medio de una profunda crisis económica y social en la isla, agravada por el deterioro del suministro energético y la reducción del apoyo petrolero desde Venezuela. Las autoridades reconocen la gravedad de la situación interna, pero aseguran que no modificarán su postura política como respuesta a amenazas externas.
El propio Díaz-Canel ha afirmado que Cuba está dispuesta a defenderse “hasta la última gota de sangre” ante una eventual agresión, una retórica que ha sido repetida por otros altos cargos del Partido Comunista de Cuba (PCC). No obstante, desde el Gobierno también se desliza que existen “opciones” aún no reveladas, mientras se deposita confianza en el respaldo de aliados tradicionales como Rusia y China.
El contexto internacional añade incertidumbre. La estrategia estadounidense de ejercer presión incluso sobre aliados históricos y la creciente polarización entre grandes potencias complican el margen de maniobra de La Habana y plantean interrogantes sobre el tipo de apoyo real que podría recibir en caso de un conflicto mayor.
Más allá de las decisiones concretas, el discurso oficial recurre a símbolos históricos de resistencia. Frases como “Hasta la victoria siempre” o el conocido “Aquí no se rinde nadie” vuelven a ocupar un lugar central en la narrativa del poder cubano, reflejando un estado de ánimo marcado por la confrontación y la negativa a ceder, incluso en medio de una de las etapas más críticas para el país en décadas.
(Con información de EFE)