El Ministerio del Interior (MININT) volvió a colocar el foco de la responsabilidad en los ciudadanos al afirmar que el 72 % de los accidentes de tránsito ocurridos en Cuba durante 2025 se debieron al llamado “factor humano”. Según la versión oficial, no respetar el derecho de vía, la distracción al volante y el exceso de velocidad explican la mayoría de los siniestros registrados en el país. Sin embargo, para muchos cubanos esta lectura resulta incompleta y profundamente desconectada de la realidad diaria en las calles.
Quienes transitan a diario por ciudades y carreteras de la Isla describen un escenario caótico, marcado por apagones constantes que dejan semáforos inoperantes durante horas, e incluso días. En numerosos cruces no existe ningún tipo de señalización funcional, y los carteles viales están oxidados, caídos o simplemente desaparecieron hace años sin ser reemplazados. En esas condiciones, la conducción segura se convierte más en un acto de fe que en el resultado de un sistema organizado.
A este panorama se suma el pésimo estado del asfalto. Calles llenas de baches, tramos sin pavimentar y carreteras deterioradas obligan a maniobras bruscas que aumentan el riesgo de colisiones. La iluminación pública, otro factor clave para la seguridad vial, también es deficiente o inexistente en amplias zonas urbanas y rurales.
El parque automotor no escapa a la crisis. Muchos vehículos, tanto privados como estatales, circulan en condiciones técnicas precarias debido a la falta de piezas de repuesto y mantenimiento. No es raro ver autos y camiones averiados en plena vía, sin señalización de emergencia, convirtiéndose en obstáculos inesperados que ponen en peligro a otros conductores y peatones.
Usuarios en redes sociales han denunciado además la ausencia de agentes de tránsito en puntos críticos, incluso en zonas céntricas de La Habana. La falta de control efectivo agrava el desorden y refuerza la sensación de abandono institucional.
Para la ciudadanía, reducir el problema a la conducta de los choferes es una forma de evadir responsabilidades estructurales. Sin inversión, mantenimiento, electricidad ni una autoridad visible que regule el tráfico, el caos vial parece inevitable. En ese contexto, culpar únicamente al conductor suena menos a diagnóstico y más a propaganda, incapaz de ocultar un sistema colapsado que pone vidas en riesgo todos los días.
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