Los fines de semana comienzan con una angustia repetida para muchas familias cubanas: llenar la mesa con lo esencial mientras los precios siguen subiendo sin clemencia. En un contexto donde el salario se esfuma entre la inflación y el mercado informal, una bolsa de pollo puede consumir una pensión completa. En esta lucha diaria, la economía familiar se reduce a malabares con productos escasos y valores cada vez más inalcanzables.
El gobierno ha tratado de intervenir con medidas como la Resolución 225/2024, que regula los precios minoristas de productos de alta demanda. Sin embargo, su implementación es desigual y su impacto, mínimo. Mientras los márgenes de ganancia están supuestamente limitados al 30%, en la práctica los controles no alcanzan para frenar la especulación. A pesar de las regulaciones, los precios siguen respondiendo más al mercado informal que al diseño oficial.
"La vecina de la esquina carga su libreta de precios como si fuera una herramienta de guerra. Discute, exige, pelea por centavos, en un terreno donde los derechos del consumidor parecen desdibujarse frente a la lógica de la escasez y la sobrevivencia."
En su recorrido por la feria, se enfrenta al guajiro que le sube la cebolla y le cuenta del tomate perdido por falta de insumos. Al final, logra comprar apenas lo justo: algo de arroz, frijoles, cebolla, y una calabaza, con esfuerzo y frustración.
"La leche buena no aparece, y la alternativa barata parece un polvo sin alma, sin nutrición. La ironía es brutal: hay productos, pero no hay bolsillo que los aguante." Todo termina siendo un ejercicio de resistencia cotidiana, donde el hambre se esconde en decisiones pragmáticas que no llenan, pero permiten seguir.
Las resoluciones posteriores —como el Acuerdo 10093 para regular arroz y frijoles— refuerzan una idea clara: la voluntad de controlar los precios no basta sin un respaldo real en la producción nacional y el acceso a divisas. Regular sin producir es, a menudo, una forma más de administrar la escasez, no de resolverla.
Mientras tanto, la brecha entre ingresos y precios se amplía. Las regulaciones buscan mitigar, pero no resuelven. En las calles, el clamor sigue siendo el mismo: que el salario alcance, que los precios respeten, que vivir no sea una carrera de obstáculos.
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