Gerardo Hernández habla desde el pasado mientras Cuba intenta negociar el futuro
Redacción de CubitaNOW ~ martes 3 de febrero de 2026
Gerardo Hernández Nordelo parece decidido a vivir en una Cuba que ya no existe. Mientras el aparato diplomático del régimen intenta ajustar su discurso para sobrevivir en un escenario internacional adverso, el coordinador nacional de los CDR continúa anclado a una épica revolucionaria gastada, repetitiva y cada vez más desconectada de la realidad cotidiana del país.
En pleno 2026, cuando La Habana suaviza su retórica exterior y ensaya gestos de acercamiento con Washington, Hernández insiste en resucitar a Fidel Castro como si se tratara de un amuleto político. Sus publicaciones en redes sociales no buscan explicar el presente ni ofrecer soluciones, sino reafirmar un pasado mitificado que ya no moviliza ni convence, ni siquiera a buena parte de lo que queda de la militancia oficialista.
El contraste es evidente. Por un lado, el Ministerio de Relaciones Exteriores habla de cooperación, diplomacia y estándares internacionales. Por otro, el principal rostro de los CDR sigue repitiendo consignas que remiten a los años más duros del castrismo, apelando a niños uniformados, a la guerra permanente y a una “revolución” que hoy sobrevive más como eslogan que como proyecto político real.
Lejos de fortalecer al régimen, esta insistencia en el simbolismo rancio termina exponiendo sus grietas. Hernández se ha convertido en un personaje más cercano a la parodia que al liderazgo: fotos con armas, mensajes ambiguos sobre guerra y paz, burlas mal calculadas a expresiones de protesta ciudadana y, más recientemente, la difusión de imágenes falsas para reforzar el relato del “bloqueo”. Cada episodio erosiona aún más la credibilidad de un discurso que ya venía en caída libre.
El problema no es solo la nostalgia, sino la desconexión. Mientras los cubanos lidian con apagones, inflación, migración masiva y colapso de servicios básicos, uno de los principales representantes del control social del régimen sigue hablando como si el país estuviera atrapado en una postal de los años ochenta. Esa brecha entre el relato oficial y la experiencia real explica por qué el mensaje ya no cala.
En su empeño por invocar a Fidel Castro una y otra vez, Gerardo Hernández termina confirmando lo evidente: el castrismo carece de ideas nuevas y depende de fantasmas para sostenerse. Y cuando un sistema necesita resucitar constantemente a sus muertos para justificarse, suele ser señal de que lo que agoniza no es el enemigo externo, sino el propio modelo que dice defender.