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Cuatro lecciones que nos deja Donald Trump en cuatro años

Por Ernesto Morales - martes 10 de noviembre de 2020

Miami, Donald Trump, Estados Unidos

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Foto ilustración de Alex Williams / The Daily Beast

1) No entregues tu vida a ningún presidente 

Si es una democracia, no lo hagas. Si es una dictadura y si formas parte de los beneficiados por ella, podrás sacar rédito personal durante todo el tiempo que dure. Es inmoral y funcional a partes iguales.

Pero en una democracia, cuando pase el período de mandato de ese presidente al que has entregado tu vida, habrás perdido la vida. Y es demasiado probable que él no llegue a conocer siquiera tu nombre. 

Donald Trump logró arrebatar el corazón a sus votantes de una forma nunca vista en América. Cuando dijo, en 2016, que él podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perdería a un solo votante, dijo una terrible verdad. 

El problema es que ahora no ha disparado a nadie en una avenida, pero sí ha perdido unas elecciones, y yo miro el estado emocional de algunos de sus votantes a mi alrededor y me parecen zombis. Han perdido sus vidas. Se les nota. Emanan un desconcierto, un vacío existencial que no parece muy normal, la verdad. 

Vale la pena recordarlo: la principal virtud de los sistemas democráticos es que nadie es imprescindible y nadie tiene su asiento asegurado en el poder. 


2) El Partido Demócrata tiene que alejarse del fantasma del socialismo 

Si 71 millones y medio de estadounidenses votaron por Donald Trump no fue porque todos ellos adoraran las formas matonescas del magnate, o porque les encantara verlo ofender a mujeres, periodistas discapacitados o cualquier ser humano que no le profesara una ciega adulación. A muchos sí. Pero a 71 millones y medio no. 

Según el celebrado ensayista y profesor de Harvard, Steven Pinker, uno de los grandes psicólogos cognitivos del mundo, Donald Trump logró parecer a millones de votantes la opción menos mala, entre otras cosas, porque el Partido Demócrata ha sido muy incompetente librándose de la sospecha del socialismo. No lo han conseguido. Ni siquiera desechando al senador Bernie Sanders, la cara más visible de la extrema izquierda dentro del Partido. 

Sanders ha perdido una y otra vez en sus aspiraciones de convertirse en candidato demócrata a la presidencia, los votantes liberales no le han elegido y dos veces han puesto por delante a candidatos moderados como Hillary Clinton y Joe Biden. Pero el fantasma del socialismo sigue ahí, revoloteando como un mal presagio. 

Y un día viene Bill DeBlasio a la Florida y no se le ocurre mejor frase para cerrar su acto de campaña en el Aeropuerto Internacional de Miami que “Hasta la victoria siempre”, y otro día un activista de la campaña de Sanders cita el modus operandi de la Revolución Cubana contra los opositores como la ruta a seguir contra quienes no crean en sus políticas, y la letra escarlata se va haciendo más honda y más visible cada vez. 

Que Joe Biden no es socialista es un hecho. Que el ataque se ha usado hábilmente y le ha costado 71 millones y medio de votos escurridos hacia el bando contrario al suyo, también. Pero que el Partido Demócrata ha permitido que se le asocie demasiado con ciertas izquierdas antidemocráticas del mundo es un hecho, y por el bien de todos es hora de que se encarguen de fumigar inequívocamente esa sospecha. 


3) El autoritarismo sí es posible en Estados Unidos 

Donald Trump ha decidido morir matando y acaba de despedir al Secretario de Defensa Mark Esper. La antipatía entre ambos se hizo insostenible desde que el jefe del Pentágono se negara a respaldar la postura del presidente en cuanto a usar al Ejército para contener las protestas contra el racismo en varias ciudades del país. 

“No apoyo la invocación de la Ley de Insurrección”, dijo el jefe del Pentágono, “estas medidas solo deberían utilizarse como último recurso y en las situaciones más urgentes y extremas. No estamos en una de esas situaciones ahora”. “Siempre he pensado que la Guardia Nacional es más adecuada para lidiar con cuestiones interiores”, subrayó.

El problema es que el despido de Esper, poco después de perder Trump las elecciones del 3 de noviembre, es un ajuste de cuentas que en el pasado habría causado conmoción, pero en el presente no sorprende ni al más ingenuo de los estadounidenses. 

El desfile de despidos y renuncias en la Administración Trump durante sus cuatro años ha sido escandaloso, pero más escandaloso aún es el motivo fundamental por el que se despide lo mismo a un Fiscal General (Jeff Sessions) que a un asesor de Seguridad Nacional (John Bolton) que renuncia otro secretario de Defensa (James Mattis), este es: no demostrar suficiente lealtad a Donald Trump. 

El presidente número 45 ha gobernado con un inconfundible estilo autoritario donde satanizar a sus rivales políticos, desacreditar las opiniones contrarias y exigir una lealtad a prueba de balas por parte de funcionarios públicos, han sido una suerte de marca registrada de su Administración. Si muchos simpatizantes suyos creen ver al monstruo negro del socialismo instalado en el partido de enfrente, cuesta trabajo entender que no quieran ver al monstruo del autoritarismo instalado en la conciencia del líder que aplauden. 

Los ataques de Donald Trump a la prensa estadounidense no tienen precedentes. Hasta 2016, el referente era Richard Nixon en sus fracasados intentos por amordazar a una prensa libre cuyas investigaciones terminaron por hacerle renunciar. Comparado con Trump, Nixon fue una figura celestial en su relación con la prensa. 

Desde expulsiones de periodistas de ruedas de prensa, listas negras de prohibiciones a coberturas en la Casa Blanca para grandes medios, hasta la constante acusación de que “la media” es el enemigo del pueblo estadounidense. El periodista cubanoamericano de CNN Jim Acosta ha dicho recientemente que jamás fue tan peligroso ejercer el periodismo en Estados Unidos como en los últimos cuatro años. 

Todos los caminos conducen a Roma: Donald Trump no cree que las instituciones deben ser necesariamente independientes de su mando, no entiende que la prensa tiene la obligación de cuestionarle y vigilarle como a todos los poderosos, y asume que los funcionarios nombrados por él le deben lealtad a él y no al sistema. 

Si muchos siguen repitiendo que en Estados Unidos no podría florecer el germen del autoritarismo quizás han subestimado los indicios a nuestro alrededor. Que el sistema se resista crudamente a ser absorbido por un individuo en particular es una cosa, y que siempre exista el riesgo de que un presidente con complejos mesiánicos quiera degradar la institucionalidad a límites que rozan el totalitarismo, es otra. 

Donald Trump nos ha demostrado que sí era posible ese riesgo. 


4) Los políticos necesitan parecerse más a nosotros 

Que Joe Biden, sin grandes baños de masas ni discursos interminables haya logrado aplastar las aspiraciones de Trump de comandar al país por cuatro años más, no cambia una realidad: costará trabajo encontrar a un presidente que enamore más a sus votantes que él. 

Cuando uno pregunta en sus mítines por las principales virtudes de Donald Trump recibe casi siempre las mismas respuestas, pero una en específico no falta jamás: “No es un político, él dice lo que piensa en verdad”. Esa es la percepción que tiene el entusiasta que se cuelga la gorra roja con el “Make America Great Again” en la cabeza. De muy poco les sirve el contador de 22 mil 247 mentiras que le lleva el Washington Post al presidente Trump. Para sus votantes es más importante la supuesta autenticidad de Donald Trump. 

Y en esto subyace un síntoma imposible de ignorar: el hartazgo (universal, que ni siquiera es exclusivamente estadounidense) con una clase política que se ha distanciado del hombre corriente hasta no parecérsele en casi nada. 

Y Donald Trump, un billonario que no tiene ni idea de qué es estar corto para pagar la renta, se les parece mucho menos pero habla como ellos creen que puede sonar la realidad. Sus salidas de tono se le antojaron en 2016 más convincentes en Estados clave, que la corrección presidencial de Hillary Clinton, cuya sonrisa y actitud parecían siempre ocultar algo más. Por ejemplo, la verdad. 

Los políticos necesitan ser correctos porque esa es una virtud, y la incorrección no es lo que debería primar en un sujeto que va a tener en sus manos códigos capaces de oscurecer al planeta bajo un invierno nuclear. Pero esos mismos políticos están obligados a parecerse más a los ciudadanos a quienes van a hablar y dirigir. 

Si queremos que la clase política sobreviva y lo haga mejorando su actual estado de salud, es imprescindible que los próximos líderes de ambos partidos entiendan que Donald Trump expuso en 2016 las carencias de todos ellos. 

Y si en 2020 esto no le alcanzó para retener la Casa Blanca, es porque sus propios defectos fueron intolerables para otros 76 millones y medio de almas. Pero los 71 y medio que votaron por él algo están diciendo alto y claro, más les vale a los ganadores de esta vez quererlos escuchar.


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