La escalada de tensiones en torno al estratégico estrecho de Ormuz ha alcanzado un punto crítico tras el ultimátum de 48 horas lanzado por el presidente de Estados Unidos Donald Trump, exigiendo su reapertura total. En un contexto marcado por enfrentamientos militares, ataques con misiles y presión diplomática internacional, Washington ha advertido que atacará infraestructuras energéticas iraníes si Teherán no cede. La respuesta de Irán, lejos de suavizar la crisis, ha sido rechazar la exigencia y amenazar con represalias directas contra intereses estadounidenses e israelíes, elevando el riesgo de un conflicto regional con impacto global, especialmente en los mercados energéticos.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, elevó drásticamente la presión sobre Irán al emitir un ultimátum de 48 horas para la reapertura completa del estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más importantes del mundo para el transporte de petróleo y gas. A través de su red social Truth Social, el mandatario advirtió que, de no cumplirse su exigencia, Estados Unidos lanzaría ataques dirigidos contra plantas de energía iraníes, comenzando por las de mayor capacidad.
La amenaza se produce en medio de una escalada militar que ya supera las tres semanas de enfrentamientos entre Estados Unidos, Israel e Irán. Según Trump, la reapertura del estrecho es una operación “militarmente sencilla”, y justificó su postura señalando la importancia estratégica del paso marítimo, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial y una proporción significativa del gas natural licuado. El cierre parcial ha generado un fuerte impacto en los mercados energéticos, impulsando el precio del crudo y aumentando el riesgo de inflación global.
Además, el presidente estadounidense criticó a la OTAN por su falta de implicación directa en el conflicto, al tiempo que aseguró que la capacidad militar iraní ha sido severamente debilitada tras los ataques iniciales. No obstante, descartó por el momento el despliegue de tropas terrestres, apostando por mantener la presión mediante ataques aéreos y medidas estratégicas.
La respuesta iraní no tardó en llegar. La Guardia Revolucionaria Iraní rechazó el ultimátum calificándolo de inaceptable y advirtió que cualquier ataque contra sus infraestructuras energéticas provocaría represalias inmediatas. Entre los posibles objetivos mencionados se encuentran plantas energéticas y de desalinización en Estados Unidos e Israel, lo que amplía el alcance del conflicto más allá del Golfo Pérsico.
Desde Teherán, el nuevo liderazgo encabezado por Mojtaba Jamenei —quien asumió tras la muerte del ayatolá Ali Jamenei— sostuvo que el estrecho permanece abierto para la navegación internacional, aunque con restricciones hacia buques vinculados a Estados Unidos e Israel. Esta postura ha sido interpretada como un intento de mantener cierta legitimidad internacional mientras se ejerce presión selectiva.
En paralelo, una coalición de 22 países liderados por Emiratos Árabes Unidos, junto a potencias como Reino Unido, Francia y Japón, exigió la reapertura inmediata del paso marítimo y condenó los ataques iraníes contra buques comerciales, así como el uso de minas, drones y misiles en la zona.
La crisis en el estrecho de Ormuz no solo representa un riesgo militar, sino también económico. Con el precio del petróleo disparado y las cadenas de suministro bajo presión, el conflicto amenaza con desencadenar consecuencias globales. Mientras el plazo del ultimátum se agota, el escenario sigue marcado por la incertidumbre y el riesgo de una escalada mayor sin señales claras de distensión.
Fuentes: HUFFPOST
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