Miguel Díaz-Canel volvió a dirigirse a la militancia del Partido Comunista con un mensaje que ya resulta repetitivo: llamados a “estar a la vanguardia”, a “cambiar la mentalidad” y a “resolver los problemas desde la base”, fórmulas que se repiten en cada intervención pública y que, con el paso del tiempo, parecen vaciarse de contenido concreto. En sus recientes encuentros en provincias, el presidente insistió en que la militancia debe liderar la solución de las principales dificultades del país, desde la producción de alimentos hasta la generación de divisas, pasando por la defensa y la unidad, conceptos amplios que no vienen acompañados de medidas claras ni de plazos verificables. El discurso, más que proponer transformaciones estructurales, vuelve a colocar la responsabilidad en los mismos actores de siempre, como si la reiteración de consignas pudiera sustituir políticas efectivas en un contexto de crisis prolongada.
La narrativa oficial insiste en que el problema es de actitud, de participación o de “mentalidad”, evitando reconocer los límites del modelo económico y las trabas administrativas que afectan a productores, emprendedores y trabajadores. Así, las reuniones partidistas se presentan como espacios de intercambio, pero el mensaje central no cambia: se exhorta, se orienta y se repite que la solución está en la disciplina y el compromiso, mientras las condiciones materiales siguen deteriorándose. Para muchos, estas intervenciones terminan pareciéndose más a ejercicios retóricos que a intentos reales de corregir el rumbo.
En la misma línea se expresó el vicepresidente Salvador Valdés Mesa, quien afirmó que el control no debe servir para frenar, sino para estimular la incorporación de más personas a la agricultura, y que en determinados territorios existe potencial para producir viandas, hortalizas y frutas. Sus palabras refuerzan el viejo argumento de la “soberanía alimentaria”, presentado como meta alcanzable si se gestionan mejor los recursos y se moviliza a la población.
Sin embargo, el mensaje también resulta repetitivo: se habla de potencial, de estímulo y de voluntad, pero se omiten los obstáculos cotidianos que enfrentan los productores, como la falta de insumos, los bajos precios, la inestabilidad en la comercialización y el peso de la burocracia.
Así, aunque los discursos provienen de figuras distintas, el contenido es prácticamente el mismo: llamados a producir más, a participar más y a confiar en que, con esfuerzo colectivo, las dificultades se superarán. La coincidencia no es casual, sino reflejo de una línea política que prioriza la retórica movilizadora por encima de cambios profundos.
Para una población cansada de escuchar promesas similares año tras año, estas intervenciones refuerzan la sensación de que se sigue hablando de soluciones sin tocar las causas, y de que el problema no es solo de voluntad, sino de un sistema que no termina de ofrecer respuestas reales a la crisis que vive el país.
Del perfil de Alberto Arego
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