Foto: Cubacute
La crisis del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) en Cuba está agravando la precariedad de la vida cotidiana y obligando a muchas familias a abandonar la cocina eléctrica para regresar al uso de leña y carbón, prácticas que habían disminuido en las ciudades durante décadas.
Las constantes averías en las termoeléctricas y los prolongados apagones —que en muchas zonas del país oscilan entre 10 y 20 horas diarias— han reducido considerablemente la disponibilidad de electricidad para cocinar. Al mismo tiempo, la escasez de gas doméstico ha dejado a los hogares con pocas alternativas para preparar alimentos.
En este escenario, la inseguridad alimentaria no solo está relacionada con el alto precio de los productos básicos, sino también con la dificultad de cocinarlos. Con el gas prácticamente inexistente y la electricidad disponible solo durante breves períodos, el carbón y la leña se han convertido en los combustibles más utilizados. Sin embargo, el carbón también se ha encarecido de forma significativa, mientras que la leña queda como opción para los sectores más vulnerables.
En barrios urbanos como José Martí, en Santiago de Cuba, es cada vez más común observar humo saliendo de edificios de apartamentos, donde los vecinos improvisan fogones en patios o áreas comunes. El uso de estos combustibles deja residuos de hollín en las paredes y genera un olor persistente producto de la quema de madera y materiales improvisados para encender el fuego.
Moret, un residente de 71 años que vive solo, ha construido un fogón en el pequeño patio de su vivienda para cocinar con leña. Explica que el alto precio del carbón lo obliga a buscar ramas secas de árboles dañados por tormentas recientes. Para encender el fuego utiliza trozos de nylon y poliespuma, materiales que aceleran la combustión pero generan un humo denso y perjudicial para la salud.
El problema sanitario asociado al humo es considerable. De acuerdo con Organización Mundial de la Salud y Naciones Unidas, más de 1,5 millones de personas mueren cada año en el mundo debido a enfermedades relacionadas con la inhalación de humo procedente de combustibles sólidos utilizados para cocinar. Estas emisiones contienen partículas tóxicas que aumentan el riesgo de padecer afecciones respiratorias como bronquitis o neumonía.
A pesar de estos riesgos, muchos cubanos no tienen otra alternativa. El precio del carbón, por ejemplo, oscila entre 1.600 y 2.400 pesos por saco, una cifra que puede superar el salario mínimo mensual en el país. Por ello, la mayoría opta por comprar pequeñas cantidades, conocidas como “latas”, cuyo costo ronda los 400 pesos y suele alcanzar para una semana.
En algunos hogares se intenta combinar diferentes métodos de cocción. Durante las breves horas de electricidad programadas —conocidas popularmente como “alumbrones”— las familias preparan arroz u otros alimentos con hornillas eléctricas, mientras el resto de los platos se cocina con carbón o leña.
Para muchos residentes, estas soluciones improvisadas representan una estrategia de supervivencia frente a la prolongada crisis energética, que continúa afectando tanto la disponibilidad de servicios básicos como la vida cotidiana de millones de cubanos.
Fuente: Diario de Cuba
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