La arquitecta cubana Ileana Pérez Drago denunció una realidad extrema en la isla: la imposibilidad de enterrar a los muertos con dignidad. Según su testimonio, la escasez de ataúdes ha llevado a situaciones límite, donde familias utilizan cajas de cartón —como las de Cubamax— para sepultar a sus difuntos, un símbolo brutal del deterioro material y social.
La denuncia no se limita a la falta de féretros. Pérez Drago describe un colapso más amplio: cadáveres que permanecen más de un día en viviendas sin refrigeración por los apagones, ausencia de hielo y servicios funerarios incapaces de responder. La crisis energética, con cortes prolongados de electricidad, agrava directamente estas condiciones, afectando incluso los rituales básicos de despedida.
Otros datos refuerzan ese cuadro: en provincias como Holguín se han improvisado ataúdes; en Caibarién se recurre a producción artesanal; y en Ciego de Ávila solo una parte de los carros fúnebres está operativa. También se han documentado prácticas como la reutilización de componentes de ataúdes o el traslado de cuerpos en vehículos no adecuados, evidenciando un sistema funerario colapsado.
El trasfondo es estructural: escasez generalizada, dependencia de remesas y paquetes del exterior, y un deterioro sostenido de los servicios públicos. En ese contexto, las cajas destinadas a alimentar a los vivos terminan cumpliendo una función funeraria, condensando en una imagen el alcance de la crisis.
Más allá del impacto material, el testimonio introduce una dimensión ética y social: la pérdida de dignidad incluso en la muerte. La frase que circula entre cubanos —“ni vivos ni muertos tenemos dignidad”— resume el alcance simbólico de una situación que trasciende lo económico y se instala en el terreno de lo humano.
Fuentes: CiberCuba
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