La prolongada crisis energética que atraviesa Cuba ha dejado de ser únicamente un problema de infraestructura para convertirse, según especialistas, en un factor que afecta la salud mental y la calidad de vida de la población.
Mientras en otros países los cortes de electricidad suelen ser episodios temporales, en la isla las interrupciones se han convertido en parte de la rutina diaria. Los cubanos deben reorganizar constantemente sus horarios para cocinar, conservar alimentos, trabajar, estudiar, dormir o cargar sus teléfonos, en medio de un sistema eléctrico cada vez más inestable.
El psicólogo cubano Yunier Broche-Pérez, director general del Prisma Behavioral Center en Florida, y la doctora Zoylen Fernández analizaron en 2025 los efectos de los apagones prolongados en la salud mental de 415 adultos residentes en Cuba.
Los resultados reflejaron elevados niveles de síntomas asociados con depresión, ansiedad y estrés. El estudio encontró que el 55,4 % de los participantes presentó síntomas de depresión en el rango considerado extremadamente severo, mientras que el porcentaje alcanzó el 66 % en ansiedad y el 65,8 % en estrés.
Los investigadores advierten, sin embargo, que estos resultados no permiten establecer que los apagones sean la única causa de los problemas psicológicos ni que las cifras puedan extrapolarse automáticamente a toda la población cubana.
Aun así, Broche-Pérez considera que la incertidumbre permanente tiene un efecto particularmente dañino. No saber cuándo regresará la electricidad, cuánto durará el próximo corte o si será posible completar una actividad básica mantiene a las personas en un estado constante de alerta y anticipación.
La situación también afecta el descanso. Durante las noches, la falta de ventilación en un clima cálido, los mosquitos, el ruido y la oscuridad dificultan el sueño y aumentan la sensación de inseguridad. Los apagones, además, complican el transporte y obligan a muchos cubanos a caminar largas distancias o recurrir a alternativas costosas para trasladarse.
En Cuba, sin embargo, la magnitud y persistencia del problema han llevado a especialistas a considerar la inestabilidad energética como un asunto de salud pública y no simplemente como una dificultad técnica o económica.
Los expertos recomiendan mantener rutinas básicas de descanso, alimentación e hidratación y fortalecer las redes comunitarias para compartir recursos y ayudar a los hogares más vulnerables.
Pero Broche-Pérez advierte que las estrategias individuales no pueden reemplazar la responsabilidad de las instituciones. A su juicio, no es razonable exigir a las familias que continúen adaptándose indefinidamente a una crisis estructural que está fuera de su capacidad para resolver.
Fuente: DW
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