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Entre Trump y Biden, el exilio cubano está 'devorando' a sus hijos

Por Ernesto Morales - martes 27 de octubre de 2020

Miami, Donald Trump, Estados Unidos, Sociedad, Arte y Cultura, Cuba

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Durante mi primer año en los Estados Unidos tuve la suerte de conocer a tres de los hombres más idolatrados de la comunidad cubana en el exilio. Tres de sus tótems. Fui un privilegiado. 

El primero, cronológicamente hablando, fue Oscar Haza. 

Por ese entonces -año 2010- y hasta hace muy poco, Oscar Haza era uno de los intocables de la comunidad exiliada de Miami. Lo recuerdo demasiado. Cuatro días después de llegar yo a Estados Unidos fui contratado por su show "A Mano Limpia" como productor de contenido y entrevistado habitual. Fue mi primer trabajo. 

La estatura social de Oscar, entre la comunidad cubana exiliada, era más alta que su estatura corporal. Y Oscar Haza mide 6 pies tres pulgadas, algo así. Demasiados años en el periodismo local, dando voz a las víctimas y exhibiendo las vísceras del castrismo, le habían merecido la devoción de los cubanos. 

Como Oscar es dominicano, muchos entusiastas que reconocían mi cara en la calle me repetían: "¡Estás trabajando con el Máximo Gómez del exilio!" Me divertía la exageración, pero no solía contradecirlos. En democracia no solo puedes elegir a tu presidente. También a tus héroes. 

El segundo fue Carlos Alberto Montaner. 

Sus libros y sus textos cargaban con la culpa de las ideas liberales que germinaron en mi cabeza desde la adolescencia. Conocerlo en persona me era uno de esos pequeños sueños que también ayudan a vivir, diría otro Carlos maravilloso. De los tres, fue el único que pedí de favor conocer. 

De tal forma, diez días después de llegar a Miami almorzaba con Carlos Alberto y dos amigos que se habían encargado de atender mi ruego y oficiar el encuentro. Era enero de 2011. El restaurante fue "La Casita" de la Calle 8. Pedí unos camarones cuyo sabor no recordaría hoy ni bajo amenaza de muerte. Yo estaba flotando. Podía haberme bebido el agua de las flores de la mesa, según cuentan que hizo Bobby Fisher alguna vez en un exceso de concentración. 

El recuerdo más acucioso que me dejó ese primer encuentro con Montaner -con quien hoy sostengo una amistad de la que presumo sin pudor- fue la cantidad de veces que alguien nos interrumpía para pedirle una foto a Carlos Alberto, o estrecharle la mano, o repetirle el mantra que él agradecía con evidente incomodidad: "Usted tiene que ser el próximo presidente de Cuba". 

Carlos Alberto acaba de estrenar un anuncio político donde respalda públicamente al demócrata Joe Biden y a la senadora Kamala Harris. "Llevo mucho años exiliado y conozco a los amigos de la libertad. Ellos lo son", ha dicho.

El tercero fue Emilio Estefan. 

Lo entrevisté en la Torre de la Libertad para el noticiero de América TeVé a fines de 2011, y a pesar del enorme 'entourage' que le rodeaba pude dialogar largamente con él. Es un gran conversador. 

Emilio siempre fue uno de los “hijos pródigos” de Miami por el estratosférico éxito que acumuló en la industria musical, pero por esos días despertaba una devoción todavía mayor, por otra causa: su marcha por las Damas de Blanco, efectuada apenas unos meses atrás, en marzo de 2010. La última concentración verdaderamente colosal del exilio, algo no repetido ni de cerca hasta hoy. 

Aquella tarde en la simbólica Torre de la Libertad fui testigo de la admiración infinita que le prodigaban los cubanos a Emilio, un inmigrante que pasó de limpiar mesas a amasar una de las mayores fortunas hispanas en Estados Unidos. Pero sobre todo, un líder involuntario, un icono de libertad y un enemigo irreconciliable de la dictadura que le obligó a emigrar. 

Pienso en ellos ahora que los tres, sin excepción, se han convertido en una suerte de parias para un sector del mismo anticastrismo que hasta hace pocos años habría ofrecido el hígado y los pulmones para salvar cualquiera de sus vidas. 

¿Qué les ha unido en la 'desgracia'? Donald Trump. Los tres han criticado abiertamente al presidente menos presidencial de la historia de este país. No se han sumado a su carroza. No bailan a su son. 

En consecuencia, este 2020 nos ha traído al coronavirus y la veleidosa sorpresa de que Oscar, Carlos Alberto y Emilio no solo ya no son probados anticastristas brillantes de los que presumir, sino por el contrario, son algo así como socialistas que vendieron sus almas al diablo (léase la izquierda progre, la diabólica CNN, el fundamentalista Barack Obama, o variantes afines) y en consecuencia, son traidores consumados al sacro exilio cubano. 

Y a mí esto me divierte muchísimo, de veras, porque renegar de Emilio, de Carlos Alberto y de Oscar, para los cubanos de Miami, equivale a martillarse tres dedos de una mano. A estas alturas, esta comunidad necesita más de ellos que ellos de la comunidad. 

De repente Alexis Valdés, el showman más extraordinario que haya tenido nunca esta misma comunidad, pasó a las filas del enemigo (según este sector fanatizado) porque no va a votar por Donald Trump. En esas filas se da la mano con Enrique Santos, otro de los hijos pródigos de la comunidad exiliada que ha escalado en el mundo radial hasta hacer de su nombre una marca y un símbolo, pero que, vaya descalabro, de repente es un apestado porque no va a votar por Donald Trump. 

Ileana Ros-Lehtinen, la ex congresista más odiada por Fidel Castro, la de mayor prontuario anticastrista en la historia de los legisladores cubanoamericano y un símbolo femenino en el congreso estadounidense, de la noche a la mañana ya no es tan patriota para cierto grupo de vocingleros y se les parece más a una traidora, porque no va a votar por Donald Trump. 

La superestrella televisiva Ana María Polo, dueña de unos números de teleaudiencia alucinantes en su show “Caso Cerrado”, por obra y gracia de estas elecciones de repente se les convirtió en una comunista insoportable porque, adivinen qué, no va a votar por Donald Trump. 

El recuento sería interminable y asfixiante. Podría incluirse a la jovencita Camila Cabello, cuyo éxito furibundo en la industria musical y de redes sociales de hoy engrosaba el chovinismo cubano, o a otro nombre con demasiados ceros en su cuenta bancaria, el Jorge Pérez que luego de construir la mitad de los condominios de Miami ha decidido inundarlo también de arte y refinamiento. Ambos eran dioses hace muy poco para el exilio “duro”. Hoy son apestados. No soportan a Donald Trump. 

¿Nos hemos vuelto locos? ¿Esto es una cámara oculta, un chiste conspiratorio a larga escala? No lo sé. 

En su desatino fanático y obnubilado, la comunidad cubana exiliada se está extirpando a sus propios ídolos. Se está quedando huerfanita de dioses. Y Donald Trump va a pasar. En apenas unos días puede ser ya historia, o en el más amplio de los casos, en apenas cuatro años. Es un período de tiempo ridículo. Pero las heridas sociales de una comunidad tardan mucho, mucho más en cicatrizar. 

Lo que está haciendo un sector del exilio cubano con sus nombres más estupendos se parece demasiado a Saturno devorando a sus hijos, pero ellos están demasiado ocupados repitiendo consignas como para poder entenderlo o empezarlo a notar.

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