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El Último Milagro de Yordenis Ugás (Parte I)

Por Ernesto Morales - miércoles 25 de agosto de 2021

Miami, Estados Unidos, Deportes, Boxeo, Cuba

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La noche anterior a la noche de su vida, Yordenis Ugás se ofreció a conseguirme entradas para que mis amigos y yo viéramos su pelea del día siguiente. Cuatro horas antes de subirse al ring despiadado de un coliseo en Las Vegas marcó mi teléfono otra vez, su voz un susurro apesadumbrado: “No me dio tiempo a resolver las entradas, Ernesto, discúlpame por favor”.

Cuando me entró su primer mensaje de ofrecimiento tuve que sonreír: “¿De qué materia está hecho este sujeto?”, creo haberle comentado a alguien. Con su llamada de disculpas al día siguiente, mi primer impulso fue mirar la hora en mi teléfono. Eran las cinco de la tarde. La cartelera del T-Mobile Arena había comenzado ya. A las nueve de la noche, Yordenis tendría delante a un pequeño ser mitológico llamado Manny “Pacman” Pacquiao.

Él no lo sabe, pero mi respuesta de esa tarde pidiéndole que colgara y dejara de preocuparse por esas entradas, por el amor de Dios, llevaba algo de regaño. Era lo mas cercano a un reproche que la admiración me permitía ejecutar con él. Admiración, fascinación como ser humano. Mucho más, sin ninguna duda, que como atleta a punto de coronarse estrella mundial.  

Yo tenía entradas, mis amigos tenían entradas. Todo el equipo de la plataforma CubitaNOW que viajó de Miami a Las Vegas a cubrir esta pelea con tanta carga simbólica y tanto peso deportivo detrás, había pagado cientos de dólares por asientos de vértigo. El vértigo era literal: era endemoniadamente alto. Los puestos más bajos costaban sumas obscenas. Cuatro mil setecientos dólares en las primeras filas, por ejemplo. Entre dos y tres mil los primeros de la segunda sección.

La tarde anterior, el “54 Milagros” nos había invitado a presenciar el último entrenamiento antes de la pelea más trascendental de su carrera. Nos recibió en el “Salas Boxing Academy”, el modesto gimnasio del Profesor Ismael Salas, su entrenador y padre y amigo y mentor. Su casi todo en aquellas Vegas desérticas y muy distantes para él.

La academia, a quince minutos de los casinos vociferantes de la ciudad, es de una sobriedad peculiar. E intencional, según supe después. Las paredes no sostienen fotos, ni títulos, ni medallas, ni pósters. “Aquí las paredes tienen guantes, como debe ser. Aquí nadie es mejor que nadie. Solo el boxeo es mejor que todos los que entran aquí”, me diría el Profesor Salas en algún momento de la tarde.

Apenas un doble rectángulo resume los nombres de algunas estrellas del boxeo internacional que se han coronado campeones a distintos niveles entrenando allí. Incluidos seis Campeones Mundiales. El ultimo en llegar y grabar su nombre en aquel rectángulo, es Yordenis Ugás.

Era un entrenamiento tortuoso y él estaba feliz. Envolviéndose los puños y cantando en voz baja canciones de Aldo “El Aldeano” y Yotuel Romero, escoltado por banderas cubanas y compañeros de sparring, sin atreverse a demostrarlo, Ugás había comenzado de alguna forma a celebrar. Aunque no lo admitiera. He aprendido a leerlo detrás de su forzado autocontrol.

Ugás no suele dar rienda suelta a las emociones fuertes. Prefiere tenerlas a raya. Las doma. Nunca habla alto, no grita ni cuando él cree que grita. Se ríe con suavidad. El que se gana la vida con los puños es, de todos mis amigos, el que más suavemente abraza o estrecha la mano para saludar. Es como si evitara romper o dañar algo. Como si tuviera un cuidado permanente, una protección por todo a su alrededor. Ugás es un niño con bíceps como búfalos que nunca ha dejado de celebrar un regalo de cumpleaños. Es un jodido Campeón Mundial de Boxeo que estrecha la mano con cierta ternura, como quien pide disculpas.

Miré su ritual de varias horas. La puesta a punto de una sumatoria de virtudes, gestos técnicos, contorsiones, estímulos físicos y cerebrales, reflejos repetidos hasta el delirio. El último baile antes del baile de la verdad.

Lo vi exprimirse casi hasta la medianoche el cuerpo en una jornada extenuante, un tour de force agónico. "Este último entrenamiento es agotador", dijo a duras penas desde el piso del ring. El resto del equipo técnico asintió. "Uno llega aquí a rastras, Ernesto, aquí se lleva el cuerpo al límite".

Me permitieron grabar todo excepto veinte minutos específicos. La esposa del profesor Salas, una dama sonriente y feroz a partes iguales, se encargaría de perseguirme por todo el gimnasio para verificar que, en efecto, esos veinte minutos únicos no quedaran registrados de ninguna manera.

"Ahí está el condimento mágico", me diría desde las cuerdas el propio entrenador Salas. "Esa es la estrategia de pelea que hemos diseñado para Pacquiao. Que puede cambiar, porque no existe estrategia hasta que no llega el primer golpe, pero siempre hay una estrategia que por supuesto, no quieres que la sepa el rival".

Y yo no filmé, desde luego, y en esos veinte minutos mi cámara estuvo apuntando a cualquier otra parte menos a donde todo ocurría. Pero sí la vi. Y aunque lo intenté, no pude dar con las lógicas detrás de todo aquello, detrás de esos golpes en ráfaga que daba Salas en los trapecios de Ugás con bastones de corcho de diferentes colores, ni de los jabs insistentes o las voleas proyectadas como misiles por encima de la guardia del entrenador que repetía un mantra significativo, golpe tras golpe: "Por tu mamá, por tu hijo, por tu país, por tu carrera..."

En tiempo real no conseguí desentrañar los secretos que debían ser bien protegidos. No entendí (en ese momento) la trampa técnica que se había trazado para intentar atrapar en ella a un oponente que, por decir lo menos, cualquier noche de estas será inducido al Salón de la Fama del Boxeo.  

Cuarenta y ocho horas después, aquella coreografía se puso en marcha frente a mis ojos y los de las casi dieciocho mil almas que ocuparon la T-Mobile Arena de Las Vegas.

Pacquiao, la pequeña gran leyenda del boxeo mundial había viajado desde las Filipinas a recobrar su trono y su cetro, pero no estaba logrando sacarse de encima la telaraña técnica que, ejecutada ahora en la guerra real, y para mi sorpresa, reconocí en cada detalle. Y entendí mejor. Creo que en algún momento en que los nervios me dieron un jodido respiro, sonreí y todo. 

(Fin de la primera parte)



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